“Xochitiotzin, creador y tlaxcalteca”.

(Crónica del Homenaje póstumo de cuerpo presente a la memoria de Desiderio Hernández Xochitiotzin; 15 de septiembre de 2007).
"No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad" (1 Jn 3, 18)
Por José Luis Ramírez Romero: Las solemnidades bullían. Y la historia detuvo su marcha perpetua para descansar en un minuto de silencio en nombre de Desiderio Hernández Xochitiotzin, el tlaxcalteca, el hombre, el creador, que fue llamado a hacerse en ella.
El cielo vistió sus grises velos, el aire lamía la plaza, y todo lo que había en ella era algo incompleto, por la ausencia del maestro.
Desde una morada austera hasta el sitio de su obra, se abrieron paso los restos mortales del hombre ilustre, guiados por los estandartes de la religiosidad que defendió siempre, para saborear la inmortalidad del espíritu después de la vida mundana de apariencias y sensaciones furtivas.
Al arribar a Palacio, decenas de aplausos incasables, letárgicos, estremecieron el sitio por varios minutos.
Los murales, en su inmortalidad de colores y momentos imborrables, despertaron para bramar por él, su dios, entre matices de luz y sombra auspiciados por artificiales luces.
El hijo predilecto había vuelto al regazo de su madre, la Tlaxcala histórica, de insoslayables episodios que contribuyeron a forjar la nación del águila devoradora de serpientes.
Políticos, intelectuales y artistas; amigos, curiosos y oportunistas. Todos dieron parte del tiempo que les es dado para remembrar el camino de un hombre que ofreció años de vida a encumbrar el valor y el orgullo de su raza.
De luto se vistieron algunos corazones, embargados por la pena al descubrir en esos momentos el sentido trascendente de la obra inmarcesible derramada en paredes y techos. Sólo las pinturas no mostraban congoja, al recibir en su savia la fuerza de su creador.
Posado en su féretro, el descendiente del artesano, de quien conoce el valor de las manos y el poder de su ingenio, estaba acompañado de una imagen artística de sus años mozos montada en un caballete. El sombrero de siempre y el gabán de diario perdieron el encanto de ser lucidos por su dueño, acomodados sigilosamente encima del parco ataúd como si ya fuesen entregados luego de un préstamo.
Las palabras de quienes hablaron en el homenaje forzado por las circunstancias se volcaban al pasado para traer de vuelta las memorias del ilustre, empolvadas por el olvido y alteradas por su ignorancia.
El conocimiento cultivado, la sabiduría de las vivencias, estuvieron ausentes, pues se fueron con él; de sus simulacros pretendieron empaparse los discursos de los miembros del poder, que sólo hablaban de lo que muchos creen saber.
Amar con su arte la raíz, el mestizaje, fue su contribución a lo mexicano. Era un amor a la vida, a la vida que fue, acumulada en capítulos memorables, en las cicatrices de su pueblo.
Se oyen toces, comentarios impertinentes, el ruido de los pies inquietos, de los traseros aburridos, en el patio central de Palacio. Afuera, algarabía discreta avisaba el advenimiento de la fiesta de Independencia, sin notar siquiera que, adentro, ese festejo era trámite, porque un muralista descansaba en paz, ajeno a toda fatiga y enfermedad.
Cumplido el protocolo de palabras pomposas y formalidades estrictas, el Poder Público se apostó en los flancos de un cuerpo sin vida, delante de coronas florales y a la vista de los presentes.
Pocos eran los que humedecían el pañuelo al pasarlo por los ojos, pocos más los que sus mejillas mojaban sin ser secadas. Otros llevaban el dolor de la pérdida en sus adentros; para muchos, era estar ahí para ver lo que pasaba.
Flores rosas y blancas se descubren en un mar de cabezas; su familia y sus amigos cerraban los ojos para unirse con él en alguna página de los ayeres íntimos.
Su retrato permanecía con los ojos bien abiertos, no podía parpadear, a espaldas de los miembros de las guardias montadas, a la sombra del moño negro que inspiraba misterio e incertidumbre, como testigo mudo del homenaje que llegó tarde, y que le confesó “Amor eterno” con una pieza sinfónica.
El miramiento gubernamental concluyó, despidiendo los restos mortales del artista, mirando como la historia seguía su marcha por las generaciones que fueron y serán.
La pasión por el saber histórico fue una fiebre de la que no se pudo curar el cronista tlaxcalteca. Su huella fresca ansía ser imborrable, como recompensa a los principios de honestidad y congruencia, como gratitud a la carrera prolífica que obedeció a convicciones propias.
El padre ahora vive en comunión con su obra. Descanse en paz, Don Desiderio Hernández Xochitiotzin.

1 comentarios:

Skar dijo...

Esas palabras impregnadas de frio tlaxcalteca y de color por las tradiciones de mi pueblo me hacen sentir un torrente de sensaciones y aromas, soy un ignorante de la obra de Desiderio, solo recuerdo de mi ninez los murales de palacio y una exposicion al carbon y lapiz muy inspiradora. Solo me queda agradecer por lo que a mi en lo particular me heredo. Ya que decir que alguien en su caracter de ser humano herede a tanta gente es algo digno de admirarse.
oscarz13@yahoo.com