La Casa del Maestro

Xochitiotzintlacuilocalli


La casa del pintor, ubicada en la privada de la capilla abierta, en Tlaxcala, tlax. La víspera del cumpleaños comenzábamos a barrer la entrada de la casa que se llenaba de hojitas minúsculas por todos lados, limpiábamos la sala, acomodábamos las cosas en el patio y dejábamos limpio el jardín sin hierbas o basura para dejar listo el lugar en donde iban a poner las ollas para el pipián rojo, Mole, o un rico Pozole.

Entre los hermanos acomodábamos la mesa de estilo franciscano larga que estaba en la cocina pasándola a la sala y colocándole el hermoso mantel blanco tejido pacientemente por las manos de mi madre, cambiábamos de lugar las bancas de madera del mismo largo y estilo de la mesa, preparábamos todas las cosas lo mejor posible y la basura la llevábamos del otro lado de los muros de la plaza de toros al frente de la casa paterna.

A lo lejos se escuchaban las melodías del carnaval los “huehues” ya estaban bailando con su eterna melodía que se repetía una y otra vez enmarcando con sus notas la celebración familiar, a veces algunas personas que visitaban la capilla abierta se asomaban a la puerta de la casa pensando que era parte del sitio de visita pero no era así, se daban cuenta de que era una casa particular y se disculpaban.

Algunas personas más curiosas preguntaban quien vivía aquí y en mi caso con una marcada modestia respondía: “aquí vive el Maestro que pinto los murales del Palacio de Gobierno” unos se sorprendían ya que encontrar la casa de alguien así no era común, otros hacían la “otra” pregunta obligada: ¿es tu Papá? En silencio y con la cabeza respondía al cuestionamiento, sin embargo a veces deseaba pegar un grito para que se enterara todo el mundo “ese señor es mi Señor padre” a decir verdad no recuerdo cuando comencé a llamarlo así, era porque me imponía gran respeto creo que para mí siempre fue así.

Llegaba el día 11 de febrero, y muy temprano el olor de la comida inundaba las habitaciones de la casa, las hermanas ayudaban a mi madre en las cosas de la cocina a veces las tías llegaban a la casa temprano y era un ambiente de risas y platicas familiares, astutamente mis hermanos pequeños y yo nos salíamos a hacer “algo” para evitar que nos pusieran a cortar carne o lavar trastes pero no siempre funcionaba, Papá en su estudio platicaba con amigos que llegaban temprano a saludarle y a veces recorrían sorprendidos la biblioteca junto con él, en la calle se estacionaban provocando el descontento de uno que otro vecino, que sin embargo tarde o temprano nos acompañaban a la mesa a celebrar.

               La casa del maestro, con su puerta abierta enmarcada por flores talladas en cantera gris y sus muros de tepetate de una simpleza sin comparación, una casa construida con la constancia y el eterno roce de los pinceles sobre los lienzos en blanco, dejando millones de matices y tonos multicolores que lo transformaban todo dándonos identidad y orgullo de ser de aquí, así como el testimonio dejado por él sobre los inmensos muros fríos a los que se enfrentaba con serenidad y paciente alegría, en sus manos él transformaba un elemento otrora cotidiano en algo completamente bello.

            
   Acompañado siempre de su mujer, “La negra” la única compañera de toda la vida, recibía a propios y extraños… una pareja de anfitriones excelentes conviviendo con todo el mundo platicando de todo tipo de temas, hasta con mis amigos, que en aquel entonces no sabíamos nada de las cosas relacionadas con la historia, en ocasiones se ponía a platicar largamente con personas que ni él mismo conocía, y después extrañado nos decía; “pensé que era algún amigo tuyo o de tu hermano” siempre hubo trato cordial con todo el mundo, fue su ejemplo.

               En cierta ocasión estando llena la casa de invitados durante la comida entre todas las voces del entorno surgió una voz firme y fuerte escuche con sorpresa a alguien hablando otro idioma, giré buscando quien hablaba así y uno de los tíos le hablaba fuerte a mi padre desde el otro extremo, su voz sonaba fuera de lo ordinario, era muy hermosa y le decía cosas que de verdad entraban directo al corazón de mi padre; era náhuatl y mi padre entendía cada palabra que escuchaba porque con el rostro visiblemente emocionado se limpiaba las lágrimas de los ojos con su sencillo pañuelo rojo…

               No podía faltar que de momento llegaban los amigos de mi padre y le llevaban el tradicional garrafón de cristal repleto de pulque su olor no me era grato entonces pero aprendes a valorar lo hecho en tu tierra, y así pues la celebración se animaba cuando llegaban mariachis pero ellos no podían competir con la voz de mi madre cuando le dedicaba una canción a “Desi” a veces yo agachaba la cara o buscaba ocultarme penoso sin embargo ella cantaba con verdadera entrega y se destacaba. En la misma mesa había parientes, amigos, gente humilde, pudientes, amistades de los hijos y uno que otro colado conviviendo con la familia.

Este nuevo año serian 92 y los recuerdos fluyen en mi mente: todas esas veces que te observaba, y otras tantas que manche tus cuadros creyendo que te ayudaba a pintar, de todas las pláticas descubriendo el verdadero arte y de los notorios silencios que pasamos juntos sentados en un mismo andamio, recuerdo en la ciudad de Tehuacán cuando el guardia bajo a buscarnos porque no escucho ruido y nosotros estábamos calladitos trabajando, a veces no decíamos palabra alguna pero al finalizar la tarea siempre volteabas a verme y esa expresión fantástica “mmmm?” parecía que decías: “lo ves, así deben hacerse las cosas bien hechas” no eran necesarias tantas palabras porque aprendí a conocerte en tus silencios…

Hoy en día la familia se reúne en torno a nuestra madre y compartimos un cumpleaños más, el cumpleaños del maestro, físicamente él no está con nosotros pero la música de carnaval sigue sonando y esa sonrisa tan bella de mi padre se sigue asomando en algunas facciones de nuestro rostro, Mamá nos habla de muchas vivencias cuando jóvenes y resulta un privilegio compartir esos momentos como en tantos años atrás.

Un beso en la frente para mi madre y un beso en la mano para mi padre y al salir de la casa volteo a ver su estudio mi recuerdo de siempre: sentado al frente de su mesa de trabajo estudiando o realizando sus bocetos para los murales, me volteaba a ver enfocando los ojos debajo de sus lentes de marco grueso y me decía insistente que no olvidara traerle las tintas chinas y cartulinas que me había pedido.
            
 Al cerrar la puerta de madera con sus clavos de hierro, desciendo los escalones y aprecio nuevamente el marco de cantera bellamente ornamentado con las quince flores que él mismo diseño, toda la fachada sencilla pero digna y hermosa, mis padres siempre recibieron con flores a sus amigos y conocidos, de la misma manera a los desconocidos cuando entraban a esta casa. Todos siempre fueron bienvenidos y así mismo al salir de ella a despedirlos las flores en la puerta siguen siendo objeto fraternal, símbolo de una amistad de por vida, la vida que construyeron juntos con integridad, orgullo y sencillez.

               Feliz cumpleaños, papá.


               Cuahutlatohuac H. Xochitiotzin Ortega